SIN MAPA

Resumen

Nuestro itinerario sigue, aguas abajo, el cauce de la poco conocida rambla del Chorro, en realidad uno de los tres tramos en que se divide una rambla de gran recorrido que nace en la sierra de La Pila y desemboca en el río Segura. Este curso de agua, presente todo el año, será nuestra referencia durante la excursión, pues a partir del nacimiento no siempre habrá una senda claramente definida, viéndonos con cierta frecuencia obligados a vadear su cauce.

La excursión comienza en una pista de tierra, que parte a la izquierda de la fachada principal de la casa donde hemos dejado el automóvil. Por ella descendemos hasta el lecho arenoso de la rambla de El Chorro, por su margen izquierdo, pudiendo contemplar una buena perspectiva de la primera parte de nuestro recorrido, en la que destacan las sedientas y blanquecinas paredes que delimitan la rambla. Ésta va trazando continuos meandros, y encontramos en ella una rala vegetación formada por ejemplares típicos de estos cauces.
Tras este inicio, no excesivamente atractivo, llegamos a un extenso y tupido carrizal, en el que se eleva una solitaria palmera datilera. Debemos cruzarlo, dejándolo a nuestra derecha y elevándonos por una senda que discurre entre bancales de almendros. En algún punto indefinido del carrizal el agua brota en gran cantidad, dando origen al caudal que correrá por la rambla durante la excursión. Su regularidad a lo largo del año invita a pensar que, quizás, el término rambla no sea el más apropiado para definir el curso de agua que se genera a partir de aquí. Rebasado el carrizal, bajaremos nuevamente hacia la rambla, donde podremos apreciar la transformación que se ha producido en ella. Un caudal generoso, si pensamos en la aridez de la zona por la que transcurre, corre por su lecho, que en este tramo es rocoso. El agua cristalina se va remansando en pozas de diferentes tamaños, en donde no será difícil que podamos observar ranas, culebras o galápagos sumergidos en ellas. A pesar de su saludable aspecto no es aconsejable beber de ella, pues posee un alto índice de salinidad.

La rambla se va cerrando progresivamente y una densa pinada se extiende en sus márgenes: nos internamos así en un insospechado vergel que no podíamos imaginar en los primeros tramos de la ruta. La vegetación nos impide en ocasiones caminar con comodidad, por lo que nos vemos obligados a vadear el cauce continuamente. Según la época del año que elijamos, no será raro que en algún momento nuestros pies se mojen o embarren, por lo que es aconsejable llevar un calzado apropiado.

La abundancia de fauna, según la época del año, es uno de los atractivos de esta ruta. En diferentes visitas hemos avistado zorros, alcaudones reales, palomas torcaces, pollas de agua, abejarucos, aguiluchos y otras aves; también lagartijas colirrojas y lagartos ocelados. Los jabalíes son muy abundantes, pero resulta muy difícil verlos, aunque no sus huellas en el barro. La presencia de agua en un entorno semidesértico como éste, y la propia ubicación de la rambla, apartada de las poblaciones humanas y prácticamente desconocida, hace de ella un lugar ideal para la proliferación y observación de animales. Tras esta zona angosta que hemos atravesado, la rambla vuelve a abrirse, pudiendo observar a nuestra izquierda los puntiagudos contornos de la sierra de La Espada, objeto de otra excursión. En esta parte de la ruta, encontraremos un buen número de pequeñas explanadas abiertas entre la pinada, que resultan muy adecuadas para detenernos en ellas, reponer fuerzas y disfrutar de la tranquilidad del lugar. Aquí el silencio sólo es roto por el rumor del agua, los trinos de las distintas aves que por aquí paran, el croar de las ranas, o los graznidos de alguna bandada de córvidos que surca el cielo. Caminando por la margen derecha de la rambla, llegamos a una casa abandonada con dos pozos, que constituye una de las pocas huellas de la presencia humana en estos parajes. Más adelante, la rambla describe un cerrado meandro, donde el carrizal vuelve a invadirla, obligándonos a cruzar a la margen izquierda y subir hasta una pequeña llanura. Desde aquí podremos avistar la confluencia de la rambla de El Chorro con la rambla de El Salar. Más allá se extienden grandes campos de cultivo, y al fondo destacan las magníficas murallas de la sierra de La Pila. Para quien se dé por satisfecho, éste puede ser un buen lugar donde iniciar el regreso.
A partir de este punto, la rambla pasa a denominarse de Carrizalejo. Su pedregoso lecho, más amplio que el que hasta ahora veníamos siguiendo, se interna en un laberinto de paredes de roca rojiza, dando origen a un paisaje encañonado. La vegetación disminuye considerablemente respecto al tramo anterior. Es un paisaje grandioso y un tanto desolado, como de otro mundo, pero no exento de belleza. Seguiremos por él hasta llegar a una planicie donde crece el cañaveral. Éste es el punto elegido por los autores para finalizar la excursión. No obstante, la rambla de Carrizalejo sigue varios kilómetros adelante, hasta su desembocadura en el río Segura, y en ella siempre habrá rincones que despertarán el interés del caminante.

Autores: Manuel Moyano Ortega · Juan Antonio Moya Sáez
Nº de páginas: 96
Nº de rutas: 12
Precio: 9,00

Cantidad:


Ramblas de la parra y balonga




Punto de partida
La Hurona, a 300 metros de altitud

Lugar de llegada
Inicio de la rambla del Carrizalejo

Distancia aproximada
8 km

Duración aproximada
6 horas

Desnivel
Despreciable

Nivel de esfuerzo físico
Bajo

Cartografía
Mapa 891-IV, Hoya del Campo, escala 1:25.000, del Instituto Geográfico Nacional

Localización
Para acceder al punto de partida, deberemos tomar la carretera que, partiendo de El Fenazar, conduce a La Hurona y El Rellano. A la altura del cartel indicador que anuncia la llegada a La Hurona, encontraremos que a nuestra izquierda arrancan una carretera asfaltada y un camino de tierra, conocido como camino del Azulico. Tomaremos este último hasta llegar a una casa, identificable por la palmera que crece frente a su fachada principal. Aquí deberemos dejar el automóvil.